Intervenciones / exhibiciones / acciones inspiradas en la nobleza del boxeo. Acercando la música al ringside. Llevando el boxeo hacia el dancefloor.

Tags: , ,
Amilcar Brusa. Maestro de boxeo

Amilcar Brusa. Maestro de boxeo

¡Cómo me cuesta empezar a entrenar! Será por eso que hago ésto, escribir (será por eso que tengo dedos voladores y a la medida del teclado), aunque nunca le saco el cuerpo al ejercicio, prefiero la contemplación, la observación. Eso no quiere decir, para nada, que menosprecie la disciplina. Al contrario.

Estoy tratando de pensar en eso. En la disciplina, como un principio. Al filo del rigor obsesivo… Estoy dileteando sobre las teclas porque murió Don Amilcar Brusa. Ahí tienen un oportuno Wikipedia, ficha técnica y lápida digital, que funciona para apreciar su dedicación por el boxeo, su mano para pulir un talento bruto (ja).

Mucho mejor, esta semblanza escrita por el periodista Osvaldo Príncipi, otra persona dotada de un don para ver boxeo, para transmitirlo. Acá una columna de opinión que escribí cuando Brusa volvió a elegir el exilio en Estados Unidos, incomprendido y cansado. A pesar de que no hablaba nada de inglés, se hacía entender mejor allá que acá.

Cuando empecé a trabajar como periodista de boxeo (otra raza, no confundir con el periodismo netamente deportivo, o mucho menos con el periodismo dedicado al fútbol), Amílcar Brusa era el Director del imponente gimnasio de la Federación Argentina de Box. Llegó en un tiempo en que el boxeo argentino ya atravesaba un período de estancamiento, calcado al que le tocó vivir al país. Brusa venía de los epicentros del boxeo de alto nivel: tenía un gimnasio en Miami, (luego se iría a Los Angeles).

Acá, tuvo que soportar el desdén y la frustración de muchos técnicos… Y una coyuntura muy distinta a la que le tocó vivir en su apogeo. Volvió por amor a su familia. Y creo que, de algún modo, pensó que podía hacer algo por el boxeo.

Su disciplina y su pragmatismo eran sus principales herramientas. Era las que quería inculcar a cara de perro, por más que lo miraran cruzado, bufaran a sus espaldas. Después, tenía unos cuantos tips, para fortalecer a sus boxeadores. Lo ví en el rincón de Carlos Ríos (¡en Filipinas!), en el de Pablo Chacón, en el del Cirujano Morales, entre otros. En un hotel en México, nos juntábamos a tomar vino blanco, a ver tele y charlar. Bueno, yo iba a escuchar.

Fue el primero que se me acercó cuando entré al gimnasio de Castro Barros 75, y me dijo que para saber de boxeo, había que ir todos los días al gimnasio. Eso hacía él. A las 6 se levantaba para ir con sus boxeadores, que tenían que correr. Eso traté de hacer, ir todos los días al gimnasio.

Dedicación es una manera tierna de decir disciplina. El era todo lo contrario a la ternura. Aunque me invitaba a comer en Cervantes con mi novia y algún amigo: y nos regalaba increíbles anécdotas, y pagaba la cena. Aunque alguna vez tuvo la tremenda amabilidad de escribirme una carta desde Estados Unidos.

Lo entrevisté muchas veces, lo acompañé muchas veces mientras entrenaba boxeadores. Espero que ellos lo recuerden con esta sensación que tengo. La de haber conocido a un sabio, con cara de perro, cuerpo de hierro y corazón de vino mistela.

Murió ayer, 27 de octubre, en su querida Santa Fe (nació el 23 de enero de 1922 en Colonia Silva).

Ojalá esté con su amada esposa, vestido con sus camisas hechas a medida en Bangkok. Tomando un chardonnay helado. Mirando las carreras de galgos.

Muchas gracias Maestro, trataremos de mantener vivo su legado.
Doce campanadas.